
Hay recuerdos que vuelven con una fuerza especial. Una comiquita de la tarde, una merienda después del colegio, el olor de una casa familiar, una canción antigua, un juguete guardado en una caja o aquella película que vimos tantas veces que todavía recordamos algunas frases. No son solo imágenes del pasado: muchas veces son pequeñas puertas emocionales hacia una etapa en la que nos sentíamos más protegidos, más simples o más conectados con quienes éramos.
La nostalgia tiene algo curioso. A veces aparece con alegría y otras con cierta tristeza. Podemos sonreír al recordar una escena de infancia y, al mismo tiempo, sentir una punzada porque ese momento ya no volverá. Esa mezcla forma parte de su belleza. Recordar no siempre significa querer vivir en el pasado; muchas veces significa reconocer que lo vivido sigue teniendo un lugar dentro de nosotros.
Cuando pensamos en “cuando éramos chamos”, no solo recordamos objetos o programas de televisión. Recordamos vínculos, rutinas y sensaciones. La lonchera, los cuadernos, las tardes en la calle, los dibujos animados, los juegos con vecinos o primos… todo eso construyó una parte de nuestra identidad. Por eso ciertos recuerdos nos emocionan tanto: porque no hablan solo de lo que teníamos, sino de cómo nos sentíamos.
La nostalgia puede ser saludable cuando nos ayuda a conectar con nuestra historia, agradecer lo vivido y entender mejor quiénes somos hoy. Puede funcionar como refugio en momentos de estrés, cambio o incertidumbre. Volver mentalmente a lugares seguros del pasado puede darnos calma, continuidad y sensación de pertenencia.
Pero también conviene observar cuándo el recuerdo deja de acompañar y empieza a doler demasiado. Si una persona siente que todo tiempo pasado fue mejor, que nada del presente merece la pena o que vive comparando constantemente su vida actual con una etapa idealizada, quizá la nostalgia está señalando algo más profundo: tristeza, soledad, duelo, ansiedad o una dificultad para adaptarse a cambios recientes.
Recordar la infancia no tiene por qué alejarnos del presente. Al contrario, puede ayudarnos a rescatar valores que siguen siendo importantes: jugar, descansar, compartir, emocionarnos con cosas sencillas y mantener vivo cierto sentido de curiosidad. A veces no necesitamos volver atrás, sino recuperar una parte de nosotros que quedó demasiado enterrada bajo obligaciones, prisas y responsabilidades.
Cuando el malestar emocional se mantiene en el tiempo, afecta al sueño, a las relaciones o a la vida diaria, pedir ayuda profesional puede ser una forma sensata de cuidarse. Hablar con un psicólogo en La Línea de la Concepción o en una zona cercana puede ayudar a entender qué emociones se están activando y cómo afrontarlas.
También puede ser útil conocer un equipo de psicólogos en Palmones que trabaje desde una mirada cercana, rigurosa y adaptada a cada persona.
La nostalgia no es debilidad. Es memoria emocional. Nos recuerda de dónde venimos, qué nos marcó y qué partes de nosotros siguen pidiendo cuidado. Tal vez por eso, cuando volvemos a esos recuerdos de infancia, no solo miramos hacia atrás: también encontramos una forma más amable de volver al presente.
Texto escrito por Héctor Lozano Jiménez, Psicólogo General Sanitario colegiado COPAO AN 11777 y director de Ocnos Psychology Clinic
